Reflexiones

  • ¿Qué queremos de la educación?
  • ¿Qué le pedimos a nuestra educación?
  • ¿Qué deberíamos pedirle?
  • ¿Valoramos el trabajo de los docentes?
  • ¿Comprendemos su alcance y significado?

 A lo largo de estos años de trabajo como docente he tenido la oportunidad de confrontar y enriquecer mis puntos de vista con los de otros colegas, padres y profesionales relacionados con el quehacer educativo.

En este espacio intento transmitirles e intercambiar concepciones acerca del proceso de enseñanza aprendizaje y las circunstancias que lo rodean,  en principio señaladas por autores con los cuales concuerdo plenamente de acuerdo a mi experiencia, organizando la secuencia de temas y problemáticas según mi modo de entender la realidad educativa en la Argentina.

También y fundamentalmente deseo rescatar lo que significa el valor de educar relacionado con la transmisión de lo que alude específicamente al hombre como ser persona.

 Hoy en la Argentina hay demasiada miseria, y esta situación nos duele y nos revela.

Uno de los ingredientes más perversos de la miseria es la ignorancia, el desconocimiento de los principios básicos de las ciencias, crecer sin capacidad de escribir o leer, carecer de un vocabulario que exprese anhelos, disconformidades, verse privado de la capacidad de aprender por uno mismo, lo cual ayuda a todo hombre a resolver sus problemas, éste es el verdadero comienzo del reino de la miseria y de la verdadera falta de libertad, y esto es lo que ninguno de nosotros desea que siga ocurriendo en nuestro querido país.

 La democracia tiene que ocuparse de enseñar a cada ciudadano lo imprescindible para llegar a serlo de hecho, por eso una buena educación debe ser una obligación que el Estado debería garantizar a todos, si no desea contar con “ciudadanos de segunda”.

La enseñanza no puede ser un bien más de los que se ofrecen en el mercado, esto reproduce en forma crítica las desigualdades sociales existentes, pero ésta es una consecuencia de las políticas liberales aunque se prefiera callar y disimular este hecho con la tan mencionada contención de la escuela que en esta situación actual hace más alusión a un Estado que no desea tener más adolescentes en la calle, víctimas de situaciones que pueden ser irrecuperables, pero que sólo ofrece un sistema educativo que de este modo termina de convertirse en ineficiente a causa de las pretensiones de que cumpla con tareas que no son las específicas de su mandato.

Somos muchos lo educadores que luchamos para intentar un cambio, pero esto, no es suficiente si no contamos con decisiones políticas que lo propicie.

Ojalá este espacio pueda ser una humilde base para la reflexión y el debate en pos de lo que es el deseo de muchos ciudadanos argentinos, que la educación tenga en nuestro país el lugar que se merece.

La escuela del siglo XXI

En la sociedad actual, la escuela ha perdido el monopolio de la transmisión cultural; es más, esa misma función ha dejado de tener importancia como tarea identificadora de la escuela. En la sociedad de la comunicación, el acceso a los contenidos de la cultura se realiza a través de múltiples fuentes de información que están permanentemente a disposición de los miembros de la sociedad, independientemente de la edad o situación de estos. Además, tanto por el contenido como por la forma de transmisión, tales contenidos provocan un impacto que hacen de su mensaje algo mucho más significativo, más vivo y más atractivo para los escolares que los generalmente “asépticos” mensajes informativos de la escuela.

Por otro lado, en muchas ocasiones las informaciones que la escuela transmite llegan al alumno cuando éste ya ha adquirido sobre los hechos el conocimiento de aquellos elementos más directamente relacionados con la vida real. Así, la escuela queda también privada de uno de sus más importantes recursos: el interés motivador de
los conocimientos que imparte. La escuela como transmisora de informaciones no se justifica ya. La figura del niño, incluso del adolescente, que va a la escuela para recopilar informaciones es tan anticuada y patética como la del individuo que necesita levantarse para cambiar el canal de TV. La escuela del siglo XXI sólo tendrá sentido en la medida en que sea capaz de asumir nuevas funciones. Dentro de ellas –y, habida cuenta de que las informaciones que llegan al alumno a través de los medios suelen ser parciales, sucesivas, sin pretensiones de crear estructuras mentales organizativas, además de ajenas a su preparación previa o madurez– la escuela debe estructurar y organizar esas informacionesrecibidas por el niño a través de diferentes medios. También debe proporcionar los recursos necesarios para poder relacionar, valorar y discernir las informaciones recibidas, y anticipar sus consecuencias y posibilidades de aplicación a las distintas áreas de la vida y de la cultura. El futuro inmediato plantea determinadas condiciones que también condicionan esta nueva orientación de la escuela. Los conocimientos adquiridos corren el riesgo de quedar obsoletos tanto por el paso del tiempo como por los necesarios cambios de espacios y ocupaciones. Existen tres connotaciones que determinan ese futuro: permanente situación de novedad e improvisación, versatilidad en el dominio de recursos y posibilidades de trabajo, y necesidad de superar el concepto meramente económico de la educación (educación para la producción) para llegar a la educación como desarrollo integral humano. Es decir: la escuela habrá de formar personas capaces de evolucionar, de adaptarse a un mundo en rápida mutación y de dominar el cambio, por lo que será vital promover el desarrollo de las capacidades cognoscitivas en lugar de la mera adquisición de conocimientos construidos como si fueran situaciones definitivas. ¿En qué consiste aprender a conocer? El éxito de una educación básica está en su capacidad para aportar a la persona el impulso y las bases que le permitirán seguir aprendiendo durante toda la vida, no sólo en el empleo sino también al margen de él. Se deben considerar tres aspectos fundamentales: desarrollo de la atención (aprender a centrar la atención en las cosas y en las personas, aprender la disciplina que supone seleccionar campos de conciencia sobre los que realizar tareas de aprendizaje o de producción, ejercitar la capacidad de evitar las distracciones y concentrarse de manera sostenida en la tarea), la ejercitación de la memoria (sólo conservando en la memoria referencias fundamentales es posible dar sentido a la información que el entorno va poniendo a nuestra disposición) y el ejercicio del pensamiento (articulación entre lo concreto y lo abstracto, combinación de los métodos inductivo y deductivo, aplicación de lo aprendido a nuevas situaciones). No es lo mismo “conocer” que “aprender”. Lo primero sólo exige presencia del objeto, mientras que aprender requiere esfuerzo por retenerlo. Cuando se habla de “aprendizaje significativo”, en ocasiones se pretende que se realice sin esfuerzo, como si se equiparase a un aprendizaje espontáneo o no intencional. Nada más lejos de la realidad: la adquisición requiere esfuerzo. La diferencia entre el aprendizaje memorístico y el significativo radica en el modo en que se realiza, no en que uno precise esfuerzo y otro no. Entonces ante la necesaria selección de aquellos contenidos de aprendizaje sobre los que la educación va a centrar su esfuerzo, uno de los criterios fundamentales para tal selección debe ser la capacidad para generar pensamiento.

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